En el centro de una controversia que involucra a altos funcionarios estatales y contratos multimillonarios, se desvela la figura de Andrés Rodríguez, conocido en círculos sindicales como el "Monje Negro".
Rodríguez, dirigente histórico de la Unión de Personal Civil de la Nación (UPCN), ha sido señalado por orquestar acuerdos oscuros con referentes nacionales, lo que ha derivado en perjuicios para el personal de planta permanente de diversos entes estatales.
Durante más de un año, estos trabajadores han recibido apenas un ínfimo aumento salarial del 3 por ciento, una cifra que se aleja considerablemente de una inflación que superó el 100 en el mismo período. Este desajuste, que afecta a miles de empleados, comenzó a tomar forma en las revelaciones provenientes de fuentes vinculadas a la Administración Nacional de Seguridad Social (ANSeS), donde UPCN se enfrenta a duras críticas tanto de sus afiliados como de terceros.
El entramado se complicó al conocerse que Rodríguez habría cerrado un acuerdo con dirigentes nacionales para evitar convocatorias paritarias, a cambio de recibir concesiones millonarias en servicios estatales. Este pacto, que benefició principalmente a intereses afines a Rodríguez, dejó de lado las demandas salariales y el bienestar de los trabajadores.
La controversia se intensifica con su participación en actos políticos junto a figuras como Gerardo Zamora (Santiago del Estero), Axel Kicillof (Buenos Aires) y Gildo Insfrán (Formosa), y su reciente estrecha relación con las altas esferas del poder ejecutivo nacional a través del asesor presidencial Santiago Caputo.
Uno de los episodios más reveladores fue el intento de Rodríguez por apropiarse de la administración de la obra social del personal de las Fuerzas Armadas (IOSFA). Un acuerdo tácito, suscrito en la Casa Rosada, habría implicado el traspaso de salarios estatales a cambio de la gestión de este beneficio, propuesta que encontró férrea oposición tanto en el ámbito militar activo como retirado.
La presión ejercida por el personal, que se plantó frente al Ministerio de Defensa, evidenció el descontento ante la posible entrega de un servicio tan sensible a un sindicalista con un historial controvertido.
Sin desanimarse, Rodríguez reorientó sus esfuerzos y, en complicidad con su íntimo amigo Alejandro Damián Wittenberg, concretó un nuevo negocio millonario en el marco del Programa de Atención Médica Integral (PAMI).
Wittenberg, recientemente investido en una mega gerencia que concentra las tres áreas de mayor envergadura económica del organismo, tomó decisiones que han levantado suspicacias. Entre ellas, la firma de un convenio con una empresa de ambulancias vinculada a Rodríguez, destinado a cubrir el territorio nacional sin previa consulta a los directores regionales.
Esta medida, que podría redundar en un aumento injustificado de los costos operativos, se da en un contexto en el que el PAMI ya atraviesa serias dificultades financieras y en la reducción de insumos críticos para los jubilados.
La situación plantea interrogantes de gran calado: ¿Hasta cuándo el poder ejecutivo y los diferentes sectores estatales tolerarán estas prácticas, propias de la casta que tanto afirman querer desterrar? Con salarios congelados y contratos adjudicados en condiciones poco transparentes, el caso de Andrés Rodríguez se erige como un símbolo de las contradicciones y abusos que persisten en la administración pública.